Cuando decidí sonreír


Sí, yo lo decidí. Me recordé la vida tan feliz que tenía cuando sonreír era un acto involuntario. Me fijé en lo fácil que resulta para un niño un acto tan insignificante y preciado.

Llevaba mucho tiempo sin sonreír de verdad, porque no aceptaba la realidad tan incompleta que tengo. Todo debía ser perfecto para ser feliz. En unas cuantas sesiones me di cuenta de lo equivocada que estaba, que nada puede ser perfecto. Ya reflexioné sobre ello. 

Primer paso: aceptarlo. Segundo paso: encajarlo. 

Intenté ignorar las partes malas, huir de ellas. Pero no funciona. Así que decidí tirar del recurso más sencillo, y a la vez, más complejo: dejar de darle importancia a aquello que no lo merecía y sonreír por aquello que sí quería destacar.

No tengo un trabajo estable (y a saber cuándo lo tengo), vivo con mi madre, tengo problemas para relacionarme, mi autoestima es baja, y un largo etcétera de cosas que no me gustan de mi vida. Pero...

Tengo claras mis metas, tengo una familia inmejorable, unos amigos tan buenos que sinceramente aun no me lo creo (con lo sola que has estado, ¿eh?), me encanta ser como soy porque me hace edición limitada

A diario digo tonterías para hacer sonreír a los demás, me río cuando me caigo y bailo en mi habitación hasta sudar para sentirme viva. Digo más veces que sí, aunque me dé miedo y no me arrepiento. Si necesito algo lo pido, y si no puedo conseguirlo de los demás, lo consigo por mí misma. He dejado de hablar con resentimiento y busco un lenguaje más positivo.  

Disfruto de un buen paseo, de un rato escribiendo, de un café por las mañanas. Disfruto observando a mi alrededor, haciendo un favor a alguien, aunque sepa que no voy a recibir nada a cambio. Disfruto de una buena comida y regalando algo a quien no espera nada. 

Que entre toda la oscuridad que haya, siempre hay motas de luz a las que observar. 

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